El informático

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Luis creció sin padre y con una madre que casi nunca estaba en casa. Vivían en una gran ciudad, en un piso pequeño de un edificio alto, en un barrio gris donde nadie se conocía demasiado. Desde pequeño aprendió que no había mucho lugar para él. No por rechazo, sino por ausencia. Pasaba horas solo, en silencio pero con la mente siempre activa, entendiendo pronto que pedir no servía de nada y que molestar solo empeoraba las cosas. En el colegio tampoco encontró refugio: era callado, distinto, fácil de señalar. Aprendió a ocupar poco espacio, a observar más que a participar, a no llamar la atención.

Hubo muchas noches en las que se quedó solo en casa siendo todavía un niño. Su madre no volvía a la hora prevista y Luis no sabía a quién llamar. No porque no le quisiera, sino porque no podía. Trabajaba, sobrevivía, llegaba tarde, cuando podía. Esperaba despierto en el sofá hasta que amanecía, sin llorar, sin moverse, aprendiendo poco a poco que pensar era lo único que podía hacer. En el colegio, las burlas se repitieron. Por cómo hablaba, por estar siempre aparte. Alguna vez le escondieron la mochila y nadie intervino. Cuando intentó explicar algo en clase y se equivocó, las risas bastaron para que dejara de levantar la mano.

Así, a base de repetición, fueron quedando instaladas ciertas reglas básicas: arreglárselas solo, anticiparse a todo, no dejar nada sin pensar, llenar el silencio con pensamiento. Programas simples. Insistentes. Funcionaban. Y, para que funcionaran, tuvo que aprender a apagar lo que sentía. Y como todo lo que funciona, se quedaron ejecutándose.

Fue en ese silencio -y en ese ruido mental- donde empezó a sentirse cómodo con las máquinas. No exigían atención ni respuestas. Si algo fallaba, había un motivo. Si no funcionaba, podía desmontarse y volver a montarse. Luis descubrió que en los sistemas todo tenía una lógica y que los errores no eran personales. Allí no había miradas ni juicios, solo procesos, pasos, instrucciones. Poco a poco, sin decidirlo, fue confiando menos en las personas y más en las cosas que funcionaban con reglas claras. Donde no había afecto, encontró orden. Donde no había escucha, encontró sistemas. Y ahí aprendió a quedarse.

Con los años, Luis acabó montando una pequeña tienda de informática en el barrio. Un local estrecho, mal iluminado, lleno de máquinas abiertas. Nada estaba bonito, pero todo funcionaba. Pasaba allí la mayor parte del día, casi siempre con la misma tensión de fondo, sin prestar demasiada atención a sí mismo. Reparaba ordenadores ajenos, instalaba y desinstalaba programas, limpiaba sistemas que iban lentos. Era bueno en lo suyo y la gente volvía.

Por dentro, casi nada se quedaba quieto. No estaba especialmente triste, pero vivía con una inquietud constante, como si siempre faltara algo por resolver. Vivía en un cansancio bajo y constante. No hablaba más de lo necesario. No pedía ayuda. Si algo no salía a la primera, se quedaba hasta resolverlo. En su cabeza seguía activo el mismo software de siempre: anticiparse a todo, no depender, no dejar nada sin pensar. Funcionaba en segundo plano, organizando sus decisiones sin que él las revisara. Fuera de la tienda, su vida era igual de
discreta y funcional: un piso justo, rutinas simples, pocas relaciones. Todo estaba en su sitio. El sistema se mantenía estable.

Un día le trajeron un ordenador más. Al principio no parecía nada grave. Lo habitual: lentitud, ventanas emergentes, programas que nadie recordaba haber instalado. Luis hizo lo de siempre. Formateó el disco, reinstaló el sistema, esperó a que el escritorio apareciera limpio. Durante unos minutos todo funcionó como debía.

Al cabo de unos minutos apareció una ventana que no estaba ahí hacía un momento. Luis no había tocado nada. Lo cerró. Al poco apareció otra. Y luego otra más. Procesos ejecutándose solos, programas que se abrían sin permiso. Volvió a formatear. Durante unos minutos, silencio.

Y otra vez las ventanas regresaron. Más rápido. Más insistentes. Como si el ordenador no supiera quedarse quieto. Apenas las cerraba cuando otra ya estaba cargando. Procesos que se solapaban, avisos que no terminaban de abrirse, el cursor saltando de un lado a otro. Luis volvió a formatear sin pensarlo. Desde cero. Esperó. El sistema arrancó limpio. Inquietantemente limpio. Y aun así, antes de que pudiera levantarse de la silla, las ventanas empezaron a aparecer otra vez.

Luis apretó la mandíbula. Pensó en un virus. Tenía que ser eso. Algo oculto, algún código incrustado en lo más profundo. Pasó antivirus, escaneó archivos, revisó rutas, carpetas, procesos. Nada. El sistema estaba limpio. Demasiado limpio. Y aun así no paraba. Las ventanas seguían apareciendo, el cursor moviéndose solo, el ruido creciendo. Luis empezó a teclear más rápido, a cerrar con brusquedad, a repetir acciones que ya sabía que no funcionaban. Sentía el pecho tenso, la cabeza acelerada, como si todo tuviera que resolverse ya.

Entonces perdió la paciencia.

Golpeó la mesa con la mano abierta. Una vez. Luego otra. Agarró el portátil y lo sacudió, como si el problema pudiera soltarse a base de fuerza. Lo cerró de golpe y lo lanzó al suelo. El golpe seco resonó en la tienda vacía. El ordenador quedó ahí, apagado, en silencio por fin.

Luis se quedó de pie, respirando fuerte, mirando la carcasa rota.

No se le pasó por la cabeza lo único que no había hecho en todo ese tiempo: entrar con calma en el sistema operativo y mirar desde dónde se estaba ejecutando todo.

Mientras bajaba la persiana de la tienda, pensó en todo lo que había intentado borrar, cerrar, controlar. En los programas que volvían una y otra vez. En el ruido que no se dejaba apagar. Y entendió, con una claridad incómoda, que llevaba años haciendo lo mismo consigo mismo: intentando corregir pensamientos, eliminar síntomas, optimizarse, sin mirar nunca desde dónde se estaba ejecutando todo.

Luis sabía instalar y desinstalar programas. Sabía formatear sistemas. Incluso cambiar sistemas operativos enteros. Lo que no había aprendido era a entrar en el suyo.

Y mientras siguiera viviendo identificado con ese sistema —creyendo que era él—, los programas volverían. Siempre. Porque no era un fallo. Era el modo en que había aprendido a funcionar.

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